domingo, 25 de marzo de 2018

Perú, tierra de mártires.



Muchos autores arguyen que el Perú es el país de la diversidad, el país de los 84 microclimas, el país de las 200 millas marítimas, el de la cordillera de los andes o el del zócalo continental impactado en presencia fitoplancton y de anchoveta. Inclusive, de manera idílica y novelesca se infiere que somos un país rico en términos de biomasa. Se habla de una renta per cápita de 12 mil dólares al año y de un PBI de 500 mil millones. Entre cortinas y bambalinas, el cuarto poder de nuevo cuño habla de crecimiento y de desarrollo económico apalancado en la Marca Perú y aunque parezca ser una verdad innegable, olvidamos que un país con muchos recursos naturales se infravalora cuando sus recursos intelectuales no responden en misma cuantía o en su defecto siguen como gris hormigueo a gurúsmarket con mucha forma pero poco fondo que se visten de negro y que mueven las manos dibujando símbolos iluminatis o para hacerlo mucho más representativo, siguen a líderes políticos grandilocuentes al momento de hacer un mitin pero limitados al momento de trazar un plan de gobierno.



País de la diversidad o de las contradicciones paradojales...

Somos un país contradictorio y esto se ve reflejado cuando nos rasgamos las vestiduras porque Chile usufructúa la patente del pisco pero que paradójicamente es una bebida que no consumimos o en su contraposición preferimos la cerveza. Somos un país contradictorio cuando alabamos a Borea por haber citado a Montesquieu pero que al final terminamos odiando porqué defendió a un PPK que se convirtió en el benefactor de Fujimori. Somos un país contradictorio cuando observamos al Poder Ejecutivo defendiéndose del Poder Legislativo utilizando el Poder Judicial. Somos un país contradictorio cuando vemos que se allana la casa de PPK con mayor celeridad que con la que se actúa prejudicialmente contra Keiko.
Somos un país contradictorio y emocionalmente analfabeto para tomar decisiones de compra y hoy esto se ve impactado en la crisis política que nos han vendido y hemos aceptado de los medios de comunicación.

Cuando digitas la palabra Perú en Google, inmediatamente aparecen 363,000,000 resultados en menos de un segundo de búsqueda; pero a pesar de ello, ningún resultado contextualiza la indignación de las personas al evidenciar que el cargo más solemne al cual puede aspirar un ciudadano peruano hoy se ha emputecido al punto tal de ser encarnado por pitusos niños intrascendentes,  y si me preguntas por qué Google no contextualiza la indignación de 33 millones de personas, te responderé: porqué nuestro poder de indignación se ha menoscabado por lo ocupado que están nuestros sentidos en el mundial Rusia 2018, en el “Dura Challenge” de Daddy Yankee o en el último evento que realizará algún gurúmarket en la CCL para enseñarte como convertirte en lobo de ventas. Nuestra escala de prioridades se ha invertido al punto tal de pensar que es más importante tener un título para cambiar nuestro puesto laboral que para cambiar el sistema imperante.  

Perú, tierra de mártires.

La palabra mártir perse tiene una connotación histórica y especialmente religiosa muy fuerte en nuestro país. Pese a lo que la gente piensa, el ser mártir en el Perú se relaciona más con la feligresía que con lo político y en coherencia con ello, es que hoy por hoy encarna una tratativa muy solemne. No obstante y siguiendo la acepción que nos enseñaron en el colegio, el ser mártir ha sido una palabra adoptada y relacionada con héroes, insignes personajes y emblemáticos próceres de la emancipación republicana. Próceres que a la fecha ocupan un lugar en la historia pero que paradójicamente no son recordados activamente más allá de una honrosa mención en los libros. Sin embargo, es importante destacar que cada vez que una mujer muere a manos de su conviviente y es encontrada en una maleta, un niño es arrollado por un tranvía o un bus se cae en Pasamayo, nuevos mártires y próceres sociales y emergentes generan que el gobierno de turno tome medidas correctivas para que esto no vuelva a ocurrir. Mi irreverente pregunta sería ¿Por qué tomar medidas correctivas y no medidas preventivas? ¿Por qué esperar que alguien muera en lugar de realizar funciones de oficio? ¿Por qué esperar que se inmolen más personas para recién tomar medidas? ¿Por qué ser bombero en lugar de ser médico? ¿Por qué aplicar la democracia solo cuando nos toca ir a las urnas?

Necesitamos una democracia más activa y menos emocional. Necesitamos una democracia más económica y menos política. Necesitamos una democracia que nos brinde la seguridad que la declaración anual y el pago de nuestros impuestos no servirá para que algún funcionario público compre votos. 

Vizcarra, necesitamos menos temor y más apetito de riesgo para invertir en el sector educación a sabiendas que esta inversión tendrá retorno en 20 años.





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