sábado, 14 de octubre de 2017

Fernando Carranza Vásquez

El día que mi cutis dejó de ser graso...

Existe una diametral diferencia entre envejecer y ponerse añejo. Mi cosmogonía no me permite lo primero. No obstante, reconozco que existen ciertos atisbos que a todas luces marcan un; no diré cambio, pero sí un antes y después en el cuerpo y en la mente de un hombre que va cerrando puertas en su tren de vida.

En el devenir del tiempo tu tasa de colesterol aumenta, tu rostro comienza a abultarse producto de tejido adiposo, el tono muscular se menoscaba y tu papada caída da la impresión de un doble mentón alanista. Las horas de sueño son interrumpidas por estrés galopante y consecuencia de ello el paso de los años se agudiza. Comienzas a utilizar lentes para evitar ese dolor punzante en la sien y tu abdomen pierde rigidez. Tu lista de prioridades se invierte y comienzas a preocuparte más por el desarrollo cognitivo e intelectual que el esnobismo que prodiga el tener brazos tonificados o espalda ancha. Subyace un costo de oportunidad que de manera imperiosa te obliga a preocuparte más por tus seres queridos que por ti mismo y bajo ese concepto consideras que no se trata de envejecer, sino de evolucionar poniendo como eje el desarrollo del ser.

Respecto a nuestra mente, el sistema límbico se adecenta, tu estilo de vida se convierte en un lugar donde señorea la premura, tus hábitos gravitan en torno a tu capacidad de gasto y pierden relación alguna con tu línea de crédito. Tus seudo amigos son relegados por amigos de verdad y las noches de desenfreno son remplazadas por horas de voraz lectura y duchas cerebrales. El concepto de autovaloración cobra sentido y dejas de ser seguidor para encarnar una punta de lanza. Reflexionas por los logros y derrotas y haciendo un balance entre tus puntos de mejora y fortalezas reconoces que eres un buen tipo. Abandonas los puestos laborales porqué tu sentido crítico no contempla cómo puede haber seudo gerentes en el cargo y decides formar tu propia empresa haciendo gala de lo que te gusta. Tu experiencia ganada se convierte en capacidad creativa y reflexionas sobre la diferencia entre un sentimiento y una emoción.

Echando cuentas adviertes que el rango de vida promedio asciende a 75 años y calculas que has vivido muy poco. Cultivas la esencia del ser y dejas a un lado el concepto del tener. La consigna ya no se trata de presentar un curriculum impactante sino de ser útil y te vuelves ingeniero de tu propio destino. El hablar en público frente a 1000 persona equivale a lo mismo que hacerlo frente a una persona. Ponderando los pequeños detalles deduces entonces que la primera marca que un mercadólogo debe desarrollar es la suya propia y que la mezcla del plan de marketing personal incluye la humildad y la avidez por servir a la sociedad.

El día que mi cutis dejó de ser graso fue el momento en el cual entendí que mi cuerpo y mi mente ya no eran los mismos. El día que mi cutis dejó de ser graso entendí que no he venido para ser servido sino he venido para servir...
#FernandoCarranza
Escritor de domingos y feriados.

La imagen puede contener: 1 persona, interior

No hay comentarios:

Publicar un comentario