Existe
una diametral diferencia entre envejecer y ponerse añejo. Mi cosmogonía no me
permite lo primero. No obstante, reconozco que existen ciertos atisbos que a
todas luces marcan un; no diré cambio, pero sí, un antes y después en el cuerpo
y en la mente de un hombre que va cerrando puertas en su tren de vida.
En
el devenir del tiempo tu tasa de colesterol aumenta, tu rostro comienza a
abultarse producto de tejido adiposo. El tono muscular se menoscaba y tu papada
caída da la impresión de un doble mentón alanista. Las horas de sueño son
interrumpidas por estrés galopante y consecuencia de ello, el paso de los años
se agudiza. Comienzas a utilizar lentes para evitar ese dolor punzante en la
sien y tu abdomen pierde rigidez. Tu lista de prioridades se invierte y
comienzas a preocuparte más por el desarrollo cognitivo e intelectual que el
esnobismo que prodiga el tener brazos tonificados o espalda ancha. Subyace un
costo de oportunidad que de manera imperiosa te obliga a preocuparte más por
tus seres queridos que por ti mismo y bajo ese concepto consideras que no se
trata de envejecer, sino de evolucionar poniendo como eje el desarrollo del
ser y la ontología.
Respecto
a tu mente, el sistema límbico se adecenta. Tu estilo de vida se convierte
en un lugar donde señorea la premura, tus hábitos gravitan en torno a tu
capacidad de gasto y pierden relación alguna con la línea de tu tarjeta de crédito. Tus amigotes son relegados por amigos de verdad y las noches de desenfreno son
remplazadas por horas de voraz lectura, duchas cerebrales o amaneceres comiendo makis frente a la pantalla de Netflix.
El
concepto de valoración cobra sentido y dejas de ser un seguidor para convertirte en una punta de lanza polivalente. Reflexionas por los logros y derrotas y haciendo un balance
entre tus puntos de mejora y fortalezas, reconoces que eres un buen tipo. La
palabra “auto” no representa una carrocería con cuatro llantas sino un cable a
tierra donde subyace la autocalibración, autorregulación, el autocontrol, y el tesón escolar por dejar huella. Tu
experiencia ganada se convierte en capacidad creativa y reflexionas sobre la
diferencia entre un sentimiento y una emoción.
Cuanto
te preguntan cuál es tu objetivo de vida dejas de ser tan abstracto y grandilocuente
y pasas a hacer una persona que habla con mesura. Echando cuentas adviertes que
el rango de vida promedio asciende a 75 años y calculas que has vivido muy
poco, después de todo la vida no termina a los treinta. Cultivas la esencia del ser y dejas a un lado el concepto del tener. No te gusta el dinero pero tenuemente lo aprecias. La
consigna ya no se trata de presentar un curriculum impactante sino de ser útil
y te vuelves ingeniero de tu propio destino.
El hablar en público frente a 1000 persona equivale a lo mismo que hacerlo frente a una persona pero con el alma desnuda. Ponderando los pequeños detalles deduces entonces que la primera marca que un mercadólogo debe desarrollar es la suya propia y que la mezcla del plan de marketing personal incluye la humildad y la avidez por servir a la sociedad.
El hablar en público frente a 1000 persona equivale a lo mismo que hacerlo frente a una persona pero con el alma desnuda. Ponderando los pequeños detalles deduces entonces que la primera marca que un mercadólogo debe desarrollar es la suya propia y que la mezcla del plan de marketing personal incluye la humildad y la avidez por servir a la sociedad.
El
día que mi cutis dejó de ser graso fue el momento en el cual entendí que mi
cuerpo y mi mente ya no eran los mismos. El día que mi cutis dejó de ser graso
entendí que no he venido para ser servido sino he venido para servir...
Escritor
de domingos y feriados.




